Sarah

Extraño sus versos descoloridos en mi ventana. Ella tiene un nombre, Sarah.

El nuevo departamente es frío, y las habitaciones demasiado grandes. Es algo impersonal, no parece un hogar. No hay chimenea, es un departamento. No hay mascotas, pues es un departamento. No hay patio, ¿por qué será?

Siento correr a los niños del piso de arriba. Vibra el techo con sus saltos encima de la cama. Lo odio.

Ella no tiene voz, sólo un nombre que evoca un rostro imaginario. Me pregunto si la soñé alguna vez. Busqué entre los nombres de los libros, y entre las hojas de los cuadernos. Hay varios álbumes de fotos, viejos y algo polvorientos, con las hojas pegajosas y los colores lavados, que podrían darme alguna pista. Aún así dudo que algún día vaya a encontrarla.

A veces me levanto a abrir la puerta para encontrar que tocaban en el departamente de en frente. Y escucho las voces de gente conversando mientras baja las escaleras. La música del piso de abajo flota directo hasta mi ventana. Lo odio.

Ojalá ella hubiese dicho algo más, cualquier cosa. Extraño sus versos descoloridos en mi ventana, y el roce de su piel contra el vidrio.

A veces no encuentro el diario. Estoy seguro que alguien más lo toma. Pienso que debería levantarme más temprano, pero por sobre todo pienso que no puede ser que haya gente tan miserable como para robar el diario de su vecino. No importa que nunca salga antes de las 12. Odio este lugar, lo odio.

Cada día es diferente. Y suena obvio, lo sé, es solo que, creo que, empiezo a confundir las cosas. Primero el día y la noche. No digo que no sepa cual es cuál, sino que me cuesta dormir. Mis ojos no cierran, no importa cuanto trate. Sus letras están grabadas en mi córnea. Las repito un centenar de veces. Sólo entonces, si tengo suerte, puedo descansar. Estoy comenzando a mezclar las cosas. Afuera es el sueño, y aquí adentro, lo real. A veces copió líneas de canciones, libros o películas. Quedan mejor.

La imagino pálida, no sé de qué otra forma imaginar un fantasma. Google no tiene todas las respuestas. Google no conoce su voz. Google no conoce su rostro. Y yo tampoco… Supongo que tengo algo en común con google.

Creo que estoy perdiendo la cabeza…

 

***

Llegué aquí, a este departamento, el 12 de febrero. Llegué a celebrar la independencia, la verdadera. Nadie se acuerda de ella nunca. Celebrar un gol es patriotismo, ¿quién necesita fechas inútiles? Cuando visité este lugar, una decena de veces antes de mudarme, nunca leí sus sueños. Las gotas frías de sus ojos lacrimosos, la esperanza evaporada que cubre las ventanas, los delirios súbitos cuyos gritos se grabaron en el vidrio. Nunca noté nada extraño, nada llamativo, nada interesante.

¿Y quién vivía aquí antes? – pregunté una tarde al conserje. Algunas personas recomiendan contactar a los antiguos inquilinos, averigüar sobre ellos, sus hábitos, pero ¿quién tiene el tiempo? La verdad, yo tengo tiempo de sobra, pero ¿quién tiene ganas? Conocer gente extraña, ugh… Y quién sabe con qué me voy a encontrar. ¿Y si tengo que conversar más de la cuenta, dejar mi teléfono, tomar once con ellos? ¿Y si después quiene que seamos amigos? Qué lata.

Nadie, este departamente ha estado deshabitado por años… Algunos dicen que se oyen cosas – me respondió él, serio, desgarbado, con voz algo queda.

¿En serio? – pregunté desencajado, algo asustado pero emocionado. Era un edificio relativamente nuevo, 15 años creo, y no recordaba nada en los diarios. Ni incendios, ni suicidios, ni asesinatos, ni cementerios indios – ¿qué pasó?

Las paredes son algo delgadas en el living y el vecino gusta de escuchar mala música, y bien fuerte –sonrió. O mejor dicho, se rió de mí. Y bien hecho, si mi cara de idiota era evidente – seguro que Marco Antonio Solis lo viene a penar esta noche –remató. Definitivamente se reía de mí.

Hace mucho me aburrí del mundo y me encerré lejos de él. O eso me dije que haría, pero me di cuenta que nunca podría vivir solo en el bosque. No estoy hecho para esos lugares, ni para la aventura. Hubiese tenido que cortar leña con mis propias manos, en un cobertizo oscuro, húmedo, con paredes sucias y llenas de telarañas. Odio las arañas. Y aunque me gustarían una chimenea y un jardín, quizás una mascota – un gato – no estaba para sacrificios. Necesito la comodidad de la ciudad.

Dejé mis cosas en la última habitación, tomando a la izquierda en el pasillo. Hay tres habitaciones y aquella es la más espaciosa. Una cama de dos plazas, una TV de 40 pulgadas y un pequeño escritorio para dejar el notebook. Un marco para colocar una foto –cosa que algún día haré, por mientras me gusta el marco vacío decorando mi espacio, así no hay ojos vigilantes (y eso que sólo soy un simple muggle, no sé cómo lo haría con una foto cuya mirada me siguiera, creo que la paranoia me volvería loco, y justificadamente)-, un closet enorme, una ventana escondida del sol pero desde la cual puedo lanzar cosas a los transeúntes sin que se den cuenta, paredes blancas y desnudas y silencio. A veces.

Dejé la del medio como sala de juegos y descanso. Quizás una mala idea juntar la xbox y los libros con un sofá gigante. Siempre estaré indeciso de qué hacer cuando entre en esa pieza. ¿Jugar o leer?( ni siquiera intento engañarme con un trabajar), ¿Assassin’s Creed o El Paraíso Perdido?¿Rally en marruecos o la escuela de batalla? Tengo 600 libros y 80 juegos y contando, podría pasar la vida metido ahí, siempre que haya suficiente Coca Cola (y siempre me aseguro de que la haya).

Finalmente, la primera pieza y más pequeña la dejé de sala de trabajo. Coloqué un escritorio y sobre él un computador de escritorio. Quizás la pieza deprimente, las paredes blancas, la falta de música e internet, el teclado amplio y la ventana ancha me ayuden a escribir. Si es que algún día me animo a entrar a aquel lugar con colores y aromas tan lóbregos y poco inspiradores.

 

**

Busco letras desordenadas hechas con gotas de rocío, con la condensación del vapor, con surcos en el viento e hilos en el tiempo. Dibujadas con dedos temblorosos en el espejo, con lápiz labial, con granos de arena en el borde del escritorio, con letras recortadas de diarios y revistas. Espero y espero, y los golpes en el techo parecen clave morse. Siento que si me quedo dormido mis sueños me cantarán el origen de mis memorias y me mostrarán el camino de regreso a los días en que las luces se apagaban cuando caminaba junto a su habitación. El escalofrío, los temblores, la respiración agitada, los gruñidos, el rostro aterrado entre las sonrisas, entre los colores del arcoiris, entre los títulos de la ‘biblioteca’ (que honestamente, es nada más un viejo mueble con libros). Extraño los días en que las cosas no tenían más sentido que la fría desesperación que carcomía las tardes lluviosas. Las tardes tendido en el sofá esperando su respuesta, su voz, un susurro que abriera mis ojos.

Quizás fue aquí, en este lugar. Ella llegó con los labios morados, con el pelo enmarañado, con el vestido húmedo. Su fino y frío cuerpo, su piel blanca, sus ojos oscuros. Silencio, de su boca un sonido no será vástago, las letras del miedo las escribe su piel con el recuerdo de noches en vela, hilos de plata, oraciones a la luna y las estrellas. Se sienta en un rincón a contar las hojas del helecho que cuelga del balcón. Pequeño e inocente, un crisantemo le mira y sonríe con cada uno de sus pétalos. Un beso le piden sus labios marchitos, agua, algo de vida, calor, una esperanza. Ella se le acerca y sus dedos rozan sus tibios colmillos. Ella no le cree, no quiere creer, pero quiere sentir el roce, quiere algo que no le haga daño. El mundo le ha enseñado a temer.

Ella camina entre sombras. No hay rostros en sus ojos, sólo oscuras siluetas. Pasos fatuos, voces negligentes, cadenas y toques perpetuos. Se marcan en su piel y el olor de sus deseos no se borra, no se olvida. Él sabe, él percibe, él todo lo ve. Él, el carcelero. Ella miente, ella, ella esconde, ella corre y teme y se acurruca, se agazapa junto a la madera. Tiembla. Tiemblan las copas y tiemblan los vasos, los platos, las esculturas, los galvanos, los recuerdos. Los gritos se van si cierras los ojos y cuentas hasta diez. Entonces te desmayas. Hay más de una forma de escapar.

Abro mis ojos. Una pequeña reposa junto a mi cama, no es más que un bulto, envuelta en sus brazos y piernas como un armadillo, oculta bajo su enmarañado y húmedo cabello negro. Largo, éste cae hasta el suelo, aunque ahora ella está sentada y con las rodillas alrededor del rostro, por lo que la distancia desde su cráneo hasta la alfombra no es mucha. No emite sonidos, es como una frágil estatua de yeso, blanca y fría. Temo tocarla, podría quebrarse, podría correr. Lentamente comienza a girar. No es aquella que huyó una tarde de invierno. Las cosas cambian, el tiempo corre en todas direcciones. A veces el recuerdo huye hacia atrás, buscando un momento en que uno deje de recordar, pero las cosas no son tan fáciles. No puedes olvidar quién eres por más que trates, de dónde vienes por más que trates. El dolor huye contigo donde quiera que vayas. Será mejor dormir un poco más y esperar que las pesadillas se diluyan con una ducha caliente.

 

**

Despertar es un alivio, dormir se ha vuelto una tortura. El sol quema mis ojos incluso antes de abrirlos porque he sido demasiado flojo para comprar cortinas. Tiene un lado bueno, nunca duermo de más. Tiene un lado malo, no me deja dormir. También genera demasiadas preguntas, como ¿qué hacer ahora que estoy despierto? Al menos ya no me robarán más el diario.

Cada día salgo menos del departamento. No tengo nadie ni nada que culpar por ello. El supermercado me queda a unos pasos. Voy y vuelvo. Me siento junto a la ventana a escribir, y en el intertanto preparo un café en la cocina. Voy y vuelvo. Hojeo y hojeo, navego y hasta compro por internet. Sólo me muevo para levantarme al baño. Voy y vuelvo. Dejaré de ser quien soy en un tiempo más y empiezo a temer lo que pueda suceder.

Voy a…

Mi cabello luce diferente hoy. El café sabe diferente hoy. El té sabe diferente hoy. Es un día frío. Es un día silencioso. No hay voces bajando por la escalera y los niños deben estar en la escuela. Mis libros están desordenados. Solía culpar a duendes, gnomos, errores en la matrix cada vez que algo así sucedía, pero en el fondo esperaba que sólo fueran mis hermanos o hermanas, la nana o mis padres. Ahora estoy solo y no tengo a nadie a quien culpar, excepto decirme a mi mismo que quizás fui yo y no me acuerdo. No sé qué es más preocupante, no haber sido yo o no acordarme.

Una mano, la impresión de una mano en la ventana. La contemplé 23 minutos. Estaba en la esquina superior derecha de la ventana de la sala de juegos. Pensé en sacarle una foto pero eso no habría hecho diferencia alguna. No la iba a postear en ningún lado, después de todo una impresión de una mano no es en sí algo extraño a menos que se conozcan las circunstancias en que tal suceso se dio. Por eso, tal hecho no era extraño más que para mí. Caminé frente a aquella habitación unas cien veces, marcando mis pasos en la alfombra del pasillo. Esperaba que algo cambiara, que algo fuera distinto, esperaba voces, esperaba llantos, esperaba ver cosas flotar en el aire. En su lugar, vi unas letras bajo la mano, una firma. Sarah, su nombre era Sarah.

Pensé que podría ser una marca antigua que no hubiera sido visible hasta hoy. La temperatura, la humedad, la iluminación, algo podría haberla hecho emerger de su escondite. Nunca, desde que me mudé, he lavado las ventanas. Y tampoco puedo decir con certeza que me fijara todos los días en aquel rincón del cristal. Pudo haber aparecido antes y yo nunca lo noté. No soy bueno para notar cosas, me lo han hecho notar. No hay momento más incómodo que cuando alguien pregunta “¿no notas algo diferente en mí?” y yo pienso para mis adentros, “la verdad, si no estuvieras frente a mí no te recordaría”. Y no es de mala persona, sólo no presto mucha atención a la gente, ni a las cosas. Sí recuerdo todo lo que oigo, ese rubro es totalmente diferente. Y casi todo lo que leo. Sólo soy malo con los rostros y los detalles. Con las vestimentas y los detalles. Sería pésimo para dictar un retrato hablado.

 

**

Es algo confuso. Palabras que van, vuelven, se enarbolan con el frío, con el gris y solitario juego de entre las ramas desnudas de los árboles, al otro lado de la calle. La ventana da a un solitario cuerpo de concreto, descolorido, desteñido, sucio y anciano. Podría también decir ajado, o vetusto. Algunas ventanas observan curiosas sin color en sus ojos, con fondos blanco, negro o marrón. Aburridos. Ni plantas ni balcones, ni luces ni señas. Nadie se esconde en el rabillo de aquellos ojos, nadie espía, nada interesante pasa bajo su guardia y prefieren dormir con los párpados abiertos, fingiendo interés, para que nadie se queje.

No los culpo.

Las sombras cambian con los minutos. Son cuerpos intangibles que se funden con los sonidos, y temo que las voces de la televisión o el brillo de la pantalla absorban las impresiones que dejan al deambular por los pasillos. Observo en silencio, esperanzado encontrarla frente a mí, ya sea al abrir o al cerrar mis ojos. No me asusta más que perderla. Es lo más cercano a alguien.

Al intentar dormir, al intentar soñar, al intentar fingir, al intentar cantar, al intentar escribir, al intentar olvidar. Tantas veces, su recuerdo se funde en todas las cosas que hago, y es todo mi imaginación, mis propios deseos. Supongo que imaginar en el momento preciso puede engañarte, hacerte creer que no eres tú mismo quien juega con tu cabeza. Tus sentidos son tus sentidos, piensa en eso.

 

And you may go, but I know you won’t leave

Too many years built into memories

Your life is not your own

 

Amaba ese disco, años atrás. Me recuerda cosas que me gusta recordar. Por eso y porque es hermoso, lo sigo escuchando.

Cantar a coro aun desafinando, y cantar débilmente entre el burbujeo del agua hiviendo y el ronroneo de los motores sonámbulos, es valor. Entre los maullidos y mis notas, no sé qué es peor. Les recuerdo uñas rasgando el pizarrón, los frenos mal cuidados de una bicicleta o de una micro vieja. No es para estar orgulloso, pero eso es costumbre, no estarlo. Aún así, lo hago, y para mis adentros suena su voz empalmando la mía. El brillo de sus ojos reclama la piel de mis manos, pero no es capaz de sostenerlas. No es capaz de sentirlas y es lo mismo que no estar ahí, que no estar aquí. No hay diferencia entre ella y un sueño, entre ella y una fantasía. Son letras, sombras, líneas, voces, ojos, recuerdos, llantos, pasos. Tardes y noches tendido contemplando el cristal, intentando ver más que su nombre, intentando captar algún reflejo atrapado del otro lado, quizás su rastro en el espejo. No hay tregua.

**

No solía odiar este lugar. Creo que sólo lo odio porque me la recuerda. Y eso es un decir, porque es alguien que nunca he conocido. Es como la pequeña ventana en la lejana esquina, una ventana que me hizo vislumbrar algún día una especie de esperanza, y luego me la arrebató (lo que también es un decir, porque la esperanza no puede ser arrebatada, es uno el que finalmente la desprecia). La extendió con un cable, por unos minutos, y luego tiró, mientras yo caminaba a trompicones, creyendo que llegaría el momento en que la alcanzara. A ella, no a la esperanza. La esperanza era lo que me hacía seguir a pesar de los tropiezos, asiéndome a la idea de que cuando la alcanzara, sin importar cuanto hubiera sufrido, todo sería –todo en mi vida, en toda ella completa– recompensado.

Así es como nos enseñan a creer en vivir, y en amar.

Nacemos. Crecemos. Buscamos. Vivimos en la inopia. Todos poseen amor y son felices, menos nosotros. Seguimos buscando. Reímos, nos enamoramos, quedamos prendados de “algo” en sus ojos, en su voz, en su risa. Desesperamos. Perseguimos. Huímos. Tememos. Un día nos tomamos de las manos, un día ella –o él– besa nuestros labios y listo, vivieron felices para siempre. Así que a correr detrás de la zanahoria del amor, porque sin ella nunca seremos felices. Nos lo dicen nuestros padres. Nos lo dice la televisión. Nos lo dicen las novelas románticas. Nos lo dicen nuestros amigos que ya encontraron el amor (y cambian sus estados de facebook a cosas como “mi vida comenzó cuando te conocí”, o cursilerías aún peores). Todos ellos nos miran con tristeza, lamentando nuestra horrible desgracia. “Pobre, pero no te preocupes, ya encontrarás a alguien” y yo quisiera lanzarles una taza de café en la cara y decirles que estoy muy bien solo. Luego tienen hijos, y entonces el discurso es que uno no conoce el amor hasta que siente el amor hacia su pequeño retoño, hasta que lo toma en sus brazos y mira sus ojos y su sonrisa, hasta que ve los ojos de su amado en aquel fruto de su amor, o alguna otra imbecilidad parecidad y claro, el pequeño es odioso, hediondo, probablemente hasta feo; insoportable, malcriado, a veces tonto; pero no, no lo es, claro que no, lo que pasa es que nosotros somos unos amargados porque el niño es “adorable” y todo lo que hace es “tan lindo” y bueno, hay que soportarlo. Y mientras más veo aquello, más deseo –con toda mi fuerza, toda mi alma, toda mi piel– nunca enamorarme, casarme ni tener hijos.

Un fantasma parecía una opción idónea de quién enamorarse.

(A veces me sorprenden las cosas que digo, ¿estoy tan desesperado por probar que tengo razón?).

**

Tuve un sueño. No fue una epifanía, no se me vino a la cabeza una forma de mejorar el mundo, tuve un sueño simple, esto no es el comienzo de un gran discurso. Estaba ella sentada al costado del camino, en la costanera, mirando el río. Estaba sentada junto a un árbol. El cielo era gris. Su piel era pálida. Sostenía una flor, lo único en toda la imagen que poseía algún color. El rio era calmo, bello, triste. Ella tenía los ojos fijos en él. No me vio, o si lo hizo fue de reojo y no llamé su atención (o fingió). No me importó, porque el poder verla ahí, a unos pasos, me dio a entender que era un sueño. Lo supe en todo momento y no sentía nada. No sentía tristeza, aunque sabía que tendría que dejarla atrás. No sentía ansias, porque sabía que, pasara lo que pasara, no sería “real”. No sentía miedo, porque ella es hermosa. Hermosa de muchas formas, de muchas edades, pero sus ojos son atemporales. Su cabello estaba seco, porque era liviano y flotaba levemente. No había viento pero se alzaba unos centímetros desde sus hombros. Lo mismo sus ropas. Era tal cual soñarías un fantasma. Entonces pensé que quizás era eso lo que soñaba, nada más, un estereotipo. Podemos soñar cosas, podemos soñar gente que desconocemos. Eso no significa que soñemos un fantasma, que tengamos visiones del más allá, que estemos recibiendo una señal. Podemos soñar con el fin del mundo, y eso no significa que estemos teniendo una premonición y que al despertar debamos correr por las calles gritando despavoridos que viene el final. Todo lo contrario, al despertar suspiramos con alivio porque “sólo fue un sueño”, ¿verdad? Y lo olvidamos, porque no es real, porque “sólo fue un sueño”.

Ella sólo fue un sueño. Y habría que estar muy loco para creer otra cosa. Pero si es así, ¿por qué comencé diciendo que la soñé? ¿a quién trato de convencer? Quizás sólo me lo repito, a veces en voz alta, y lo escribo para que quede la prueba -para que todos sepan, y que les quede claro que yo también sabía – que nunca pensé que era real (y de paso, que no estoy loco).

Aunque sí lo estoy (y que les quede muy claro, porque su vida podría depender de esto un día: soy, definitivamente, un loco con un fantasma).

 

**

Tres meses es un largo tiempo. Ordené mis pertenencias. Limpié las ventanas. Lancé un montón de cosas a la chimenea (no tengo chimenea, pero no pregunten). Lancé viejos álbumes de fotos (propios y ajenos, porque resulta que algunas cosas habían quedado olvidadas y, por alguna extraña razón, nadie lo había notado) a la hoguera. Lancé algunas hojas llenas de garabatos. Algunos bosquejos, algunos dibujos, algunos libros llenos de comentarios en las esquinas y con las hojas dobladas. Lancé todo lo que encontré, todo lo que no fuese plástico, todo lo que no fuese a liberar toxinas y un olor repugnante.

Hojeé los álbumes antes de deshacerme de ellos. No entiendo cómo nadie notó eso. No entiendo tampoco cómo alguien lo olvidó. A menos que no hayan tenido otra opción.

Había toda clase de fotos. Fotos normales, con gente feliz. Lo normal en las fotos es lo contrario en la vida. Gente luciendo bella cuando no lo es tanto (la gente se arregla mucho para las fotos, y se viste mejor de lo usual, incluso formal. También se peina más, aunque ni vestirse formal ni peinarse es lo mio). Gente feliz, aunque no lo sea (Incluso cuando se saca fotos obligada, la gente sonríe. La cámara es un imán de sonrisas, aunque cuando te acostumbras a ellas, pierden el efecto. Siempre que intentas filmar a alguien serio, se rie ¿lo han notado? Saber actuar es aprender a no hacerlo). Familias unidas, con miles de tíos, primos, hermanos, sobrinos; todos ahí en una sola foto como si todos compartieran una sola vida en común, cuando en realidad se ven sólo en navidad, año nuevo y uno que otro cumpleaños, y muchas veces no se tragan (aunque debo decir que hay quienes sólo se ven en esas fechas pero igual se caen bien y es sólo que viven lejos).

Y había una foto, en blanco y negro. No sé si sería una foto vieja o si sería un efecto de la foto. Estaba ella sentada junto a un árbol. No había fecha ni firma. Era una joven, muy joven, muy bella, muy pálida, con largo cabello oscuro tendido hasta los costados de su cintura, casi cruzando la línea de su ombigo (no se veía el ombligo, sólo suponía dónde debería estar. Es una referencia de cuan largo era su cabello al momento de tomar la foto, por si a alguien le interesa además de a mí). Podría ser ella, lucía como yo podría imaginarla, encajaba perfectamente en las decenas de formas y apariencias posibles que podría/ o no podría/ poseer y yo sabía dónde encontrar aquel lugar. Algo en todo esto parecía tener algo de sentido (o solo ser una totalmente común y posible coincidencia, un mapa lleno de espacios en blanco que me encargué -gustoso, ansioso- de rellenar con lo que se me viniera a la cabeza).

Llegué. Aquel árbol de la foto estaba aún ahí. El jardín resplandecía. Algo de rocío había caído durante la noche y refulgían lágrimas sobre la superficie de miles de hojas, cientas de ramas, decenas de mástiles. Caminé unos cuantos pasos desde la entrada y sumergí mis zapatillas en un charco. Algo de barro se pegó a los costados, pero la suela se salvo gracias al agua que la lavó de inmediato. Seguí, atravesando el prado (dice “no pisar el pasto” en la entrada, pero nadie hace caso) sin preocuparme de que la humedad atravesara el cuero y mojara mis calcetines (digo, lo tenía presente pero no me preocupaba, aunque se sentía levemente incómodo). Llegué junto al árbol y olvidé todo lo demás. Levanté la foto para comparar, aunque no tenía mucho sentido. Era un arbusto junto a una joven de unos 20 años. Ahora es un árbol claramente estancado en su crecimiento hace mucho ya. Una vez ahí lo confirmé, recordé: desde mi niñez aquel árbol lucía igual, por lo que la foto debía ser muy anterior. Definitivamente vieja. La clavé al tronco con un pinche de cabeza roja y me marché cabizbajo. Quizás no dure mucho, pero no hay razón para que yo la guarde. No sé quién era ella y no tengo porque guardar sus recuerdos, menos aferrarme a la idea (loca idea) de que es un fantasma que recorre los pasillos de mi departamente y me visita en sueños. Un fantasma llamado Sarah. Aún así esa foto sobrevivió la hoguera. Ahora tiene mayores desafíos por delante pues el clima es inclemente, pero no puede negar que al menos le di una oportunidad.

**

Quizás hubo algo aquí antes. Quizás algo muchos años atrás, antes del edificio, pero entonces, ¿por qué las fotos? Quizás entonces era que alguien la extrañaba, y aquella añoranza la trajo de vuelta, la trajo a rondar los pasillos y las viejas fotos, la trajo a garabatear el vaho en el cristal, pero entonces, ¿por qué abandonarla? Quizás ella perseguía a alguien, y aquella persona simplemente no pudo más. Quién sabe. Podría preguntar, pero no quiero. No quiero saber más. Saber no cambiará nada.

**

Yazco tendido sobre un sofá color arcilla, mirando a través de la ventana cómo algunas nubes pasean por el lienzo celeste de Apolo, algo perdidas. Qué pretencioso sonó eso. Son sólo 3 ó 4, pequeñas motas grises como pisadas de gigantes. Quizás Apolo no se limpió bien los pies antes de cruzar el cielo y dejó un par –dos pares– de manchas tras de sí. Impropio de un Dios.

Es un sofá muy cómodo. La mitad de mi cuerpo se hunde en el cojín. Creo que es el sofá más cómodo que he probado. Y está justo frente a la TV, en un ángulo perfecto que me permite observarla sin interrupciones, ya sea que disfrute de mi programa favorito o juegue Xbox. También puedo ignorarla si tengo delante de mí la pantalla del notebook, o si me arremolino entre las ondas con un libro entre las manos, un libro sostenido a la altura justa para interponerse entre mis ojos y la televisión, entre mis ojos y el reflejo sostenido del sol que aparece entre las 11 de la mañana y las 5 ó 6 de la tarde. Entre esas horas las pocas cosas que tengo que hacer son hechas. Entre las demás, pierdo el tiempo.

Me tiendo en el sofá a mirar el techo vacío. Es blanco y sin manchas. Nunca he visto nada en él, ni siquiera una venturosa araña. Supongo que no suelo mirar el techo seguido. Sería un buen lugar –seguro– para una araña, porque odio las arañas y en cualquier otro punto estaría a mi merced (o sea, a la merced de un zapato o una revista).

Tengo una pila de libros junto a mi cama, pero no logro concentrarme mucho rato. Leo un par de hojas y los boto a un costado. Ni siquiera me preocupo de marcar la página, por lo que a veces vuelvo a comenzar desde el principio. Y no me importa, no me importa nada en absoluto.

Mis juegos de xbox me tienen aburrido. Ninguno nuevo parece interesante y los antiguos los terminé ya muchas veces, incluidos todos los logros (y sacar todos los logros es señal de ser un tipo muy ocioso y con mucho tiempo libre). Lo otro es jugar Warcraft o Starcraft on line, pero debo admitirlo, soy muy malo. Nunca fui bueno y ni el tiempo ni la practica cambiaron ese hecho. A menos que yo haya mejorado pero todos los demás también, y entonces no es que sea malo, sólo que soy el menos bueno entre muchos buenos, o el único bueno entre muchos excelentes (vaya forma de rebuscar una excusa).

La verdad es que mis días están vacíos. No divido el tiempo en unidades. No utilizo 3 unidades para comer, 2 unidades para comprar libros o 1 unidad para ejercitarme. No lo hago, porque dividir implicaría luego rellenar aquellos espacios en blanco, que se volverian mucho más evidentes. Ahora, mi tiempo es una masa deforme sin orden, sin reglas. Es caos, y en el caos te pierdes. No sabes cuándo llegaste ni cuando te marcharás. Paso los días con los ojos cerrados y las noches con los ojos abiertos. Sueño despierto, y mantengo mi mente en blanco mientras ato mis ojos a la ventana, o a la televisión. Soplo las velas y me entrego a la corriente, esperando que de pronto me trague, con barco y todo, sin que me dé cuenta.

Busco tontas excusas para seguir viviendo. No me muevo de mi living y la verdad que nadie lo nota, nadie me extraña.

Nunca más vi su nombre en mi ventana. Quizás fue el paño que pasé por el vidrio, quizás fue la foto que colgué de su árbol. Nunca más me visitó en sueños. Quizás no se sentía bienvenida, quizás es porque no duermo. Quizás me lo inventé todo, quizás lo arruiné todo. Quizás las cosas no eran como debían ser, o quizás es verdad que no se puede así, que no se puede sólo y que las cosas no son ideales, sino que son. Punto.

Este mundo tiene una obsesión. El mundo y cada uno de sus habitantes, las mentes de cada ser capaz de concebir la idea, y la palabra, ‘REAL’. Como si la condición de real adhiriera importancia a los hechos que son adscritos a ella. Como si el ser real fuese en sí, relevante, como si cambiara algo. Algún día todos seremos leyendas, recuerdos, y luego polvo, y luego ni siquiera quedará de nosotros un vestigio, una sombra, una huella. No habrá nadie que nos recuerde. Luego nadie para recordarnos, y lo que fue o no fue, lo que existió o no existió, lo que vivió o no vivió, no hará diferencia alguna. No habrá nada ni nadie para hacer que eso importe.

¿Acaso no es ella hermosa, en mis sueños?¿No puedo acaso enamorarme?¿Acaso no nos aterran nuestras pesadillas? Un sueño puede hacerte feliz. Una pesadilla puede volverte loco. Puede llegar el momento en que no distingas lo uno de lo otro. Sueño, pesadilla, felicidad, locura. Ella se aleja y mi piel se desgarra. Ella me toma de la mano y la siento cálida, suave, a mi lado. No dudo un instante de lo que siento. Siento, luego existo. ¿Qué diferencia hay?

Extraño sus versos descoloridos en mi ventana…

                                                                                                                                               

 

                                                                                                                                                Ender27

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s